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¿ Necesidad o deseo de aprobación?

Las personas nos formamos en función de lo que vivimos y aprendemos en nuestras etapas infantiles, además de nuestras experiencias a lo largo de toda la vida.

Al igual que muchas de las características que nos forman como persona, que comienzan a cultivarse en nuestros primeros años de vida, el sentirnos aceptados por los demás también comienza a forjarse en la niñez. Desde muy pequeños estamos acostumbrarnos a sentirnos alagados o bien, recompensados por la gente que nos rodea. Y en otras muchas ocasiones, también nos enseñan a reconducir nuestros comportamientos si no son bien vistos.

El tener este tipo de muestras de los demás, es algo que nos refuerza muy positivamente, pero a su vez, también nos limita a buscar sólo las recompensas exteriores y no tanto el auto-refuerzo personal.

Vivimos en una sociedad en la que nos enseñan a tener que agradar al otro, sin salirse de lo políticamente correcto. Nos programan para obedecer, para hacer las cosas de una determinada manera, primando la opinión del resto y desacreditando la nuestra propia.  Y por consiguiente, nuestras opiniones, decisiones o percepciones quedan en un segundo plano, por el “miedo” a no ser aceptado. Enseñándonos de manera inconsciente la creencia de, “lo que el otro piensa de mí es más importante que la opinión que tengo de mí mismo” (Wayne W. Dyer).

¿Y qué pasa cuándo actuamos o pensamos fuera de las opiniones o creencias de los otros? ¿Qué pasa cuando no tenemos la aceptación o la aprobación del que tenemos enfrente? ¿El hecho de qué el otro piense de manera diferente a mí, quiere decir que mi opinión es incierta?

Nos enseñan una de las consecuencias de salirnos de la “norma”, el rechazo. La no aceptación del otro por el mero hecho de pensar, sentir o actuar de manera distinta. Pero ahora bien, ¿es lo mismo desear la aprobación qué necesitarla? Aunque pueden parecer términos muy semejantes, en este aspecto, son completamente opuestos. La necesidad se proyecta hacia cosas que son indispensables para la vida; comer, dormir, respirar…es decir, nuestras necesidades básicas como personas. En el lado opuesto tendríamos el deseo, no es una necesidad básica, es decir, podemos prescindir de ellas para poder vivir; ir a un restaurante, hacer un viaje, comprarse un coche nuevo…y aquí  también entraría el deseo de aceptación.

Por lo tanto, y reduciéndonos al significado de cada uno de esos dos conceptos (deseo y necesidad), ¿es del todo sano que tengamos la necesidad de aprobación de todas las personas que nos rodean?  Intentar buscar constantemente (necesidad) la aprobación del otro, resulta una tarea complicada a la par que imposible, además del gran desgaste emocional que conlleva.Volcar todas nuestras fuerzas en conseguir que todo el mundo nos acepte, es desperdiciar el tiempo, además de desacreditarte a ti mismo a costa de la opinión de los otros. Hablando en términos desdramatizadores, “no somos para todos los públicos”, claramente no podemos gustar a todo el mundo.

De igual modo, seamos realistas, ¿todas las opiniones o críticas se las puede dar el mismo crédito?¿Son todas igual de importantes? Pues bien, serán tan importantes en la medida que nosotros queramos. Claramente, si nos dejamos guiar por la necesidad de aceptación y el miedo al rechazo, todas las opiniones serán importantes, perdiendo la confianza en nosotros mismos hasta incluso nuestra propia identidad (“ser como quiere el resto”).

Pero si buscamos la aprobación, como deseo más que como necesidad, nos complementará como personas, pero nunca nos hará perder nuestra esencia.

Beneficios de desear más que necesitar la aceptación:

–          Aprender a convivir con la desaprobación de los demás.

–          No percibir el rechazo como un fracaso.

–          Que tus opiniones son igualmente válidas que las del resto.

–          No necesitas el apoyo de los demás para conseguir lo que te propongas.

–          Refuerzas la imagen que tienes de ti mismo.

–          Evitas el “control” de las opiniones del resto.

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¿Es útil preocuparse antes de tiempo?

Alguna vez, la mayoría de las personas nos hemos sentido intranquilos por la falta de certeza ante los acontecimientos futuros de nuestras vidas. Esto se denomina incertidumbre. Manejar adecuadamente la incertidumbre no es tarea fácil, pero no tiene por qué resultar algo imposible.

En ocasiones nos lamentamos por lo que hicimos o no en un momento pasado, además de preocuparnos en exceso por lo qué hubiera podido suceder si hubiéramos actuado de otra manera. Digamos que esto es una reacción automática, que aparentemente puede resultar útil pero nos enreda en un bucle de pensamientos improductivos que pueden generar sentimientos de culpa, tristeza, vergüenza, desmotivación, etc., además de paralizarnos ante un problema.

El dejarse llevar por la incertidumbre conlleva un intento por “controlar” todo tipo de situaciones que nos acontecen día a día, siendo muchas de ellas objetivamente incontrolables, lo que a su vez nos produce un gran desgaste emocional, mental y físico.

Ante la incertidumbre tendemos a preocuparnos en exceso.Ante la incertidumbre tendemos a
preocuparnos en exceso.

Esforzarse en “adivinar” lo que podría o no haber sido es otra manera de controlar esa realidad que nos duele, pero siendo francos, nunca podremos saber al cien por cien si lo que nos sucede en la vida es bueno o malo para el futuro.

Todos estos intentos fallidos por controlar las situaciones o tratar de adivinar nuestro futuro en base a hechos poco objetivos, nos hace vivir en estados de ansiedad elevados perdiendo la posibilidad de situarnos en el presente.

La necesidad de controlar todo lo que nos sucede puede generar altos niveles de ansiedad.La necesidad de controlar todo lo que
nos sucede puede generar altos niveles
de ansiedad.

Por lo tanto, es poco fructífero dejarse llevar por los enredos del “¿y si hubiera…?”, la realidad es como es y tristemente, no cómo a nosotros nos gustaría. Debemos aceptar nuestras acciones, sean más o menos acertadas, pero al fin y al cabo son nuestras decisiones en un momento puntual. El no perder tiempo en estos enredos, nos hace más productivos y nos encamina a buscar las alternativas para solucionar el problema.

Hacernos tolerantes a nuestra propia incertidumbre, nos previene de estados de ansiedad “innecesarios” y nos hace fuertes en la aceptación de nosotros mismos, nuestra vida y nuestra realidad presente.

 Podemos reducir el estrés si aprendemos a tolerar la incertidumbre.Podemos reducir el estrés si
aprendemos a tolerar la
incertidumbre.

A continuación, os mostramos una breve metáfora del papel de la incertidumbre en nuestras vidas, para poder entender mejor lo expuesto anteriormente:

Muchas cosas en la vida, no son buenas ni malas. De hecho, un suceso desafortunado como podía ser “la vuelta de la yegua” pudo desencadenar en un suceso afortunado como era el que “su hijo no acudiera a la batalla”. Es decir, lo que hoy puede considerarse como un acontecimiento terrible luego puede ser motivo de alegría.

Por lo tanto, resulta un tanto inútil y nada beneficioso lamentarse con lo que hacemos o dejamos de hacer, ya que nunca tendremos la certeza de lo que podría haber ocurrido realmente.

¿Es útil preocuparse antes de tiempo?

Alguna vez, la mayoría de las personas nos hemos sentido intranquilos por la falta de certeza ante los acontecimientos futuros de nuestras vidas. Esto se denomina incertidumbre. Manejar adecuadamente la incertidumbre no es tarea fácil, pero no tiene por qué resultar algo imposible.

En ocasiones nos lamentamos por lo que hicimos o no en un momento pasado, además de preocuparnos en exceso por lo qué hubiera podido suceder si hubiéramos actuado de otra manera. Digamos que esto es una reacción automática, que aparentemente puede resultar útil pero nos enreda en un bucle de pensamientos improductivos que pueden generar sentimientos de culpa, tristeza, vergüenza, desmotivación, etc., además de paralizarnos ante un problema.

El dejarse llevar por la incertidumbre conlleva un intento por “controlar” todo tipo de situaciones que nos acontecen día a día, siendo muchas de ellas objetivamente incontrolables, lo que a su vez nos produce un gran desgaste emocional, mental y físico.

Esforzarse en “adivinar” lo que podría o no haber sido es otra manera de controlar esa realidad que nos duele,  pero siendo francos, nunca podremos saber al cien por cien si lo que nos sucede en la vida es bueno o malo para el futuro.

Todos estos intentos fallidos por controlar las situaciones o tratar de adivinar nuestro futuro en base a hechos poco objetivos, nos hace vivir en estados de ansiedad elevados perdiendo la posibilidad de situarnos en el presente.

Por lo tanto, es poco fructífero dejarse llevar por los enredos del “¿y si hubiera…?”, la realidad es como es y tristemente, no cómo a nosotros nos gustaría. Debemos aceptar nuestras acciones, sean más o menos acertadas, pero al fin y al cabo son nuestras decisiones en un momento puntual. El no perder tiempo en estos enredos, nos hace más productivos y nos encamina a buscar las alternativas para solucionar el problema.

Hacernos tolerantes a nuestra propia incertidumbre, nos previene de estados de ansiedad “innecesarios” y nos hace fuertes en la aceptación de nosotros mismos, nuestra vida y nuestra realidad presente.

 

A continuación, os mostramos una breve metáfora del papel de la incertidumbre en nuestras vidas, para poder entender mejor lo expuesto anteriormente:

“Había una vez un ermitaño sabio al que la gente del lugar acudía a contarle sus problemas y a pedirle consejo. Un hombre del pueblo tenía una yegua; un día se escapó y fue llorando al ermitaño para contarle lo que había pasado:

–          ¡Mira qué desgracia me ha ocurrido, mi yegua se ha escapado!

–          ¿Y eso es bueno o malo? –respondió el sabio.

El hombre de la yegua no entendía nada y pensó: este sabio es un poco raro; pues claro que es malo, qué pregunta más absurda.

Al cabo de las pocas semanas la yegua apareció. Y lo hizo acompañada de un robusto semental salvaje de pura sangre y, además, se encontraba preñada. El dueño de la yegua se puso muy contento, ahora tenía tres caballos en vez de uno, así que fue corriendo a contarle sus alegrías al ermitaño:

–          ¿Te acuerdas de mi yegua? ¡Pues ha regresado! Y además está preñada y ha vuelto en compañía de un caballo formidable.

–          ¿Y eso es bueno o malo? –volvió a responder el sabio.

Ahora sí que el hombre de la yegua no entendía nada de nada, estaba empezando a pensar que el ermitaño no era tan sabio como la gente pensaba. Estaba claro que era una noticia estupenda y así  se lo hizo saber mientras el sabio le miraba en silencio.

Al cabo del tiempo el potro nació. El hijo del dueño de los caballos se hizo inseparable del potrillo y le gustaba mucho montar en su lomo. Hasta que un día el chico cayó del caballo y se rompió una pierna. Entonces el dueño de los caballos decidió volver a visitar al ermitaño para contarle de  nuevo sus desventuras.

–          ¡No sabes qué tragedia ha ocurrido! ¿Te acuerdas de la yegua que se escapó y regresó preñada? Pues a mi hijo le gustaba mucho montar en el potrillo y ahora se ha caído y se ha roto la pierna. Estoy empezando a pensar que tal vez hubiera sido mejor que la yegua no regresara nunca.

El ermitaño le miró sonriendo con un brillo algo burlón en los ojos y volvió a repetir su respuesta:

–          ¿Y crees que eso es bueno o malo?

El hombre se fue algo enfadado no sabiendo qué pensar, creía que esa respuesta era absurda y que el ermitaño tal vez fuera un poco tonto, porque era verdad que el que volviera la yegua, que al principio pareció una buena noticia, había sido la causa de que su hijo se rompiera la pierna, por lo que tal vez no fue tan bueno su regreso, per… ¿qué podría tener de bueno que su hijo se hubiera caído?

Al poco tiempo se declaró una guerra contra el país vecino y vinieron por todos los pueblos reclutando hombres y chicos. Sin embargo, el hijo del dueño del caballo pudo librarse del reclutamiento y de ir a la guerra gracias a que estaba herido y tenía la pierna rota por lo que no sería de ayuda en el frente de la batalla. Cuando se disponía a ir de nuevo a consultar al sabio, se paró a meditar y pudo apreciar qué razón tenía el sabio al preguntar si lo que sucedía era bueno o malo”.

Muchas cosas en la vida, no son buenas ni malas. De hecho, un suceso desafortunado como podía ser “la vuelta de la yegua” pudo desencadenar en un suceso afortunado como era el que “su hijo no acudiera a la batalla”. Es decir, lo que hoy puede considerarse como un acontecimiento terrible luego puede ser motivo de alegría.

Por lo tanto, resulta un tanto inútil y nada beneficioso lamentarse con lo que hacemos o dejamos de hacer, ya que nunca tendremos la certeza de lo que podría haber ocurrido realmente.

 

¿Qué es la depresión?

Se trata de un trastorno o desequilibrio del estado de ánimo de una persona pudiendo ser un estado temporal o crónico. Este trastorno genera una serie de complicaciones a nivel físico, mental, emocional y en los comportamientos de la persona que lo está padeciendo.

Cuando los psicólogos hablamos de depresión, no sólo nos centramos en los síntomas emocionales típicos de desgana, sensación de vacío, tristeza, infelicidad, irritabilidad… Va mucho más allá de todo eso.

¿Qué más síntomas produce la depresión?

  • La importancia de sus pensamientos (esa vocecilla interior que todos tenemos, que en ocasiones nos favorece y en muchas otras ocasiones, nos atormenta). Por otro lado, la depresión hace que veamos el futuro sin esperanza, sin ilusión, incapaces de tomar decisiones simples o complejas y mermando nuestra propia valía personal, sumergiéndonos aún más en esos pensamientos dañinos y devastadores.
  • El comportamiento de la persona cambia, al no existir motivación, la pasividad se hace un hueco en su rutinaria vida, dejando a un lado cualquier tipo de actividad que antes le gustaba o simplemente desplazándole cada vez más de sus familiares, amigos, responsabilidades… Lo que desencadena más problemas “extra” para la persona que lo padece.
  • Por último, el cuerpo también se ve afectado: cambios en el peso, ritmos del sueño, pérdida de interés por las relaciones sexuales, fatiga o incluso dolores físicos.

Desde el punto de vista de la Psicología Cognitivo-Conductual (posteriormente dedicaremos un artículo a hablar de esta rama de la Psicología), la depresión no es algo innato en la persona, sino una manera de pensar, sentir y actuar, que en su momento fue “aprendida”, pero puede “desaprenderse”. Es decir, la persona que lo sufre puede re-aprender:

  • A pensar y tratarse una manera más respetuosa, dándose a sí mismo el papel que merece y no el que él cree merecer.
  • A reconocer sus emociones desagradables sin llegar a perpetuarlas en su vida.
  • Retomar de nuevo todas aquellas inquietudes, ilusiones, metas y responsabilidades que poco a poco pasaron a un último lugar.
Sintomas de Ansiedad

La depresión afecta a nuestra forma de
pensar, sentir y actuar provocando
cambios notables en nuestro cuerpo.

Función de la Ansiedadad

Nuestra forma de actuar y percibir
las cosas está condicionada por
nuestra historia de vida.

Debemos aprender a manejar la ansiedad a través de estrategias.

En muchas ocasiones, nuestro
alrededor no sabe gestionar la
situación.

¿Cómo se llega a producir la depresión?

Existen múltiples causas que pueden inducir a que una persona padezca este desequilibrio, como bien se ha mencionado anteriormente, la depresión no es algo particular de la persona. Influyen muchos factores tales como:

  • Lo que se aprende en la infancia, las experiencias más tempranas.
  • La imagen que se forma de uno mismo (¿cómo me veo? ¿quién soy?).
  • Acontecimientos desagradables que se presentan en la vida de una persona.
  • Los pensamientos improductivos y martirizadores…

Todo ello forma el “caldo de cultivo” para alimentar a la depresión.

Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor. Imaginad que habéis vivido en un ambiente familiar en el que tus padres siempre han intentado inculcarte sus valores y educación con la mejor de sus intenciones y que con tus hermanos has llevado una buena relación. Tus padres se interesan por ti, incluso en ocasiones un poco más de la cuenta, pero siempre te apoyan. Uno de sus valores principales es el esfuerzo y dedicación, hacen mucho hincapié en la responsabilidad y en los buenos resultados de todas tus “obligaciones” y actividades. Te han premiado por tus esfuerzos, pero también son muy estrictos y críticos cuando algo no sale como ellos esperaban.

Todo lo que hemos vivido en nuestro ambiente familiar, nos forma como persona y, por lo tanto, condicionará mucho nuestra manera de ver las cosas, de afrontar los problemas, la imagen que tenemos de nosotros mismos y nuestra forma de pensar.

Siguiendo con el ejemplo, ¿qué podemos aprender en un ambiente familiar así?

  • “Tengo que poner todas mis fuerzas en todo lo que hago”
  • “Si las cosas no salen bien o como esperaba, es un error y me siento muy frustrado”
  • “Necesito tener gente a mi alrededor que valore lo que hago”
  • “Si cometo un error es culpa mía”

Nos hacemos “esclavos” de nuestros propios pensamientos, los cuales nos ofrecen una manera de ver la vida desde un prisma inadecuado y poco flexible.

A todo esto se suman todas las situaciones que vivimos a lo largo de nuestra vida: la pérdida de un familiar cercano, un despido laboral, ruptura con una pareja… Son situaciones en las que nuestros pensamientos, tienen un gran peso.

Reflexionemos para afianzar conceptos… ¿Veinte personas pensarían, sentirían y actuarían de la misma manera ante la muerte de un familiar, un despido o una ruptura? Claramente, cada una de las veinte personas vivirá, afrontará, sentirá y actuará de manera diferente, siempre viendo la situación desde el punto de vista al que uno mismo está acostumbrado.

Para finalizar, cabe destacar el lugar que ocupa la depresión en el entorno de la persona que lo padece. Los familiares y amigos no saben cómo actuar. En ocasiones, no entienden por qué la persona se encuentra tan deprimida, todos sus intentos por ayudarle son fallidos, sus esfuerzos se debilitan y no se acostumbran a “vivir con la depresión”.

Uno de nuestros objetivos como psicólogos clínicos, aparte de atender a nuestro paciente, es ofrecer una explicación objetiva y empíricamente validada, desmantelar toda serie de mitos y prejuicios acerca de la depresión, enseñarles estrategias y, sobre todo, hacerles partícipes en la terapia y mejoría de su familiar.

Por lo tanto, una persona depresiva:

  • No es culpable de encontrarse deprimido, pero sí responsable del cambio.
  • Ha aprendido a pensar, sentir y actuar de una manera determinada, aunque también puede desaprender y re-aprender.
  • Se juzga severamente, sin piedad ni compasión.
  • Tiene una imagen errónea de sí mismo y de lo que piensan los demás de él.
  • Se valora en función de lo que cree merecer.

¿Qué es la ansiedad?

La mayor parte de las personas en alguna ocasión hemos tenido sensaciones físicas del tipo: opresión en el pecho, palpitaciones en el corazón, ritmo de respiración acelerado, entumecimiento en brazos o piernas, hormigueos, sensación de falta de aire, mareos… Todas estas sensaciones son síntomas muy característicos de un proceso de ansiedad.

Ahora bien, ¿y qué es la ansiedad? Se trata de un proceso físico de nuestro propio organismo, una señal de respuesta automática de nuestro cuerpo hacía algo externo que nos perturba, nos causa malestar o bien, percibimos como una amenaza. Por lo tanto, es algo innato en las personas y gracias a la ansiedad hemos podido sobrevivir a lo largo de los tiempos. Es decir, se trata de un mecanismo de defensa que nos “avisa” ante una posible situación de amenaza, activándonos corporalmente para poder reaccionar.

Veámoslo con un ejemplo; pongámonos en situación, imagina que eres un habitante de un poblado de la Sabana Africana, claramente, en el lugar en el que vives existen numerosas especies de animales muy peligrosas. Si un día vas caminando tranquilamente por la sabana y te topas con un león, objetivamente, tu vida corre peligro, tu propio organismo se prepara para generar un estado de alerta y activación, con el fin de poder actuar ante esa terrible situación, es decir, la ansiedad prepara al organismo para la huida del animal.

Sintomas de Ansiedad

A veces confundimos los síntomas de
la ansiedad con otros que nos
preocupan más.

Función de la Ansiedadad

La ansiedad tiene una función en
nuestra capacidad de adaptación
a los cambios.

Debemos aprender a manejar la ansiedad a través de estrategias.

Debemos aprender a manejar
la ansiedad a través de estrategias.

Llevándolo a un terreno más común y del día a día, la ansiedad es una respuesta muy útil que nos permite estar activos y ser resolutivos en nuestra rutina diaria.

Por ejemplo; si somos estudiantes de primero de carrera en plenos exámenes finales, necesitamos cierto grado de ansiedad para mantenernos activos y así podernos “enfrentar” a esa situación del período de exámenes. Por lo tanto, si viviéramos sin ansiedad, nuestro día a día se volvería mucho más limitado, no seríamos capaces de solventar los problemas, no seríamos conscientes de las amenazas o peligros y, en consecuencia, nuestra vida correría peligro.

¿Cuándo la ansiedad se convierte en un problema?

La ansiedad llega a ser un problema para uno mismo cuando produce problemas de salud y cuando, en vez de beneficiarnos, nos incapacita.

En términos psicológicos, se hacen dos distinciones de ansiedad, adaptativa y desadaptativa.

La ansiedad adaptativa, es aquella que nos beneficia en nuestra vida, nos mantiene activos y previene y/o nos prepara ante una situación de peligro o amenaza real. Este tipo de ansiedad se aprende durante la infancia o a lo largo de toda nuestra experiencia y, particularmente, es un aprendizaje de nuestra evolución como especie.

Por otro lado, la ansiedad desadaptativa, es la respuesta física de nuestro organismo ante un peligro que no es real o, mejor dicho, objetivamente no hace peligrar nuestra integridad física. Por lo tanto, la ansiedad desadaptativa, merma nuestras capacidades y nos invalida en nuestro día a día.

Por ejemplo, cuando eras pequeño/a tuviste una mala experiencia con un perro de un familiar. Desde ese momento, siempre has evitado a cualquier perro que te encontraras.

Ahora vives en un barrio en el que todos tus vecinos tienen perros y simplemente el hecho de ir a trabajar te es todo un suplicio. Ese estado de ansiedad constante cada vez que vas caminando por tu barrio te llega a alterar muchísimo, realizas recorridos mucho más largos para llegar a tu casa por no pasar por sitios amenazantes e, incluso, te limita a dar un paseo agradable por tu barrio.

En este ejemplo gráfico, se puede ver que se trata de una ansiedad limitante. En conclusión, “dejamos” que la ansiedad gobierne a sus anchas en nuestra vida.

Es importante entender la ansiedad en términos biológicos:

La ansiedad es una respuesta física del organismo y, como tal, en ella está implicados numerosos neurotransmisores, entre ellos y, siendo el más destacado, es la descarga de adrenalina. Esta hormona, dilata con los conductos de aire, contrae los vasos sanguíneos, aumenta la frecuencia cardíaca y tiene especial relevancia en la reacción del individuo de lucha o huida del Sistema Nervioso Simpático.

Como es de esperar, esta reacción orgánica desaparece en el momento en el que dejamos de percibir esa sensación de amenaza o peligro y nuestro cuerpo vuelve automáticamente a su estado normal.

Es por esto, por lo que debemos aprender herramientas y estrategias que nos ayuden a minimizar los síntomas físicos y emocionales que experimentamos cuando sufrimos una ansiedad patológica

Y tener siempre presente que la vida de una persona no corre peligro por padecer ansiedad.

Es decir, nadie se muere por sufrir ansiedad o miedo. El principal objetivo no es controlar la ansiedad, sino aprender a manejarla y tolerarla.

El gran paso de acudir a terapia

La vida consiste en un gran ciclo en el que confluyen diversas emociones, pensamientos, experiencias, problemas…

En muchas ocasiones nos sentimos indefensos, desmotivados, desesperanzados y “perdidos” ante determinadas situaciones con las que tenemos que lidiar en nuestro día a día. Quizás es el momento de pedir ayuda para “desempolvar” todas aquellas estrategias de uno mismo que quedan mermadas por esas sensaciones de debilidad y desesperanza.

Tomar la decisión de acudir a un especialista de la salud mental es un gran paso, tanto a nivel personal como terapéutico. Si nos centramos en el terreno personal, el primer paso para acudir a terapia nos genera emociones muy comunes de vergüenza, pudor o temor en relación a lo que pueda pensar nuestro alrededor; pero, a su vez, el simple hecho de tomar esta decisión lleva consigo un gran proceso previo de auto-reflexión y motivación por iniciar un cambio, algo primordial para el inicio de un buen proceso terapéutico.

Toma de decisión

Cualquier toma de decisión requiere un
proceso previo de auto-reflexión.

La acción es el primer paso

La acción es el primer paso para empezar un
gran cambio.

 

El papel del psicólogo se ha desvirtuado mucho a lo largo de los tiempos, siempre se ha visto desde una perspectiva errónea muy extendida en la mayor parte de las sociedades. ¿Cuántas veces hemos escuchado la típica frase, “si alguien va al psicólogo es porque está loco”? Desde Psycomoción queremos poner nuestro granito de arena dándole a la Psicología el lugar que realmente merece, eliminando los prejuicios y generando una visión más realista y objetiva de esta maravillosa profesión.

El psicólogo va mucho más allá del mundo de los trastornos mentales, es decir, no hay por qué padecer un trastorno mental para poder acudir a un especialista y, por lo tanto, ser paciente no significa tener un trastorno.

Somos seres racionales, pensamos, sentimos y actuamos y, a su vez, nos relacionamos en función de nuestras creencias y emociones con nuestro entorno (colegio, universidad, trabajo, familia, amigos, pareja…). Y como es normal, en muchas ocasiones nos sentimos deprimidos, cansados, sin soluciones para nuestros problemas, angustiados por el futuro, indecisos ante una decisión importante, con excesiva culpabilidad por algo, con vivencias de una experiencia dolorosa… pero, ¿cuándo se convierte en un problema? Cuando estas emociones y pensamientos nos inundan constantemente y nos incapacitan para llevar a cabo nuestro día a día. Quizás estos indicadores, sean un criterio más que suficiente como para dar este gran paso y acudir a consulta.

Por lo tanto, es muy importante la acción y actitud de la persona. Como bien decimos los psicólogos, “primero va la acción y luego la motivación”. Es decir, es muy común que cuando tomamos la iniciativa de ponernos en manos de un profesional normalmente no existe una gran motivación y, básicamente, es la desesperanza lo que nos hace el iniciar este proceso, pero ya solo con la acción de ponerse “manos a la obra” es un buen indicador de cambio y motivación futura.

El psicólogo tiene un papel fundamental pero no más importante que el del propio paciente, ya que éste último es el que pone la actitud y motivación, y el psicólogo simplemente ofrece las fuerzas y las herramientas que posteriormente se integrarán en la propia persona.

Un buen psicólogo:

  • Nunca te juzgará.
  • No te obligará a sentir, pensar o actuar de una determinada manera.
  • Siempre preservará tu confidencialidad.
  • No utilizará etiquetas para definirte.
  • Te aportará la mayor objetividad.
  • Te hará partícipe en todo momento de la terapia y tomaréis las decisiones de manera conjunta, creando un buen ambiente de “trabajo” conjunto.

Las ventajas de la psicología a domicilio

Nuestro trabajo como psicólogas a domicilio ofrece ventajas para nosotras y para las personas a las que atendemos.

En primer lugar, tenemos la oportunidad de trabajar en un entorno cómodo, seguro y conocido para la persona que solicite nuestra intervención.

En segundo lugar, la intervención domiciliaria ofrece la flexibilidad de nuestros servicios a las necesidades de las personas que acuden a nosotras, además de ser beneficiosa para aquellas personas que por motivos personales no pueden acudir a un centro.

En tercer lugar, trabajar en el ámbito natural de manera individualizada facilita un vínculo más cercano y, por lo tanto, una atención más activa y productiva.